Braindead pudo verse en el pasado festival de cine de terror de Molins de Rei, sobre el que escribimos una crónica en un post anterior
En una época en la que se encadenan, uno tras otro, annun horribilis para la economía, y en la que la situación del cine en general, y el terror en particular, provoca más dudas que alegrías en un fandom cada vez más desencantado (basta recordar la indefinición genérica de la decepcionante sección oficial del pasado Festival de Sitges), son muchos los que se refugian en la mirada nostálgica y echan las vista atrás hacia tiempos no muy remotos en los que el sol brillaba con más fuerza, y las sombras no lo sumían todo. Hace menos de dos década, en 1992, se vivió en este país un añorado annus mirabilis, tan lejos de los actuales tiempos aciagos. Barcelona celebraba unos Juegos Olímpicos que la convertirían en un polo de atracción de ideas, dinámicas económicas y turistas, sobretodo turistas.

A escasos kilómetros de la capital catalana, en la no menos turísticas localidad de Sitges, un festival de cine especializado en fantástico comenzaba a afianzarse como el principal punto de referencia, a escala planetaria, del género. Ese año el Festival presentaba varias películas que demostraban como el terror menos equívoco y directo, próximo siempre al gore, tomaba por asalto el cine made in Hollywood (con Army of Darkness, tercera parte de la mítica saga Evil Dead, producida por Universal); el cine indy estadounidense (Reservoir Dogs del por entonces desconocido Quentin Tarantino, y más concretamente una oreja cercenada que dio mucho que hablar), el cine oriental (con el magnífico díptico de body horror de Sinya Tsukamoto y formado por Testuo I y II) o el cine europeo “de autor” (la estupenda Ocurrió cerca de su casa). Pero el título más recordado por muchos, procedía de un país de las antípodas de escasa tradición en los anales del cine de terror, la lejana Nueva Zelanda, lo que no impedía que su orondo director –el hoy afamado Peter Jackson- viajara hasta Sitges para presentarla en persona. La película que el cineasta presentaba –con su inquebrantable simpatía y desparpajo- llevaba por título Braindead (en España, siempre tan amigos de añadir “sal y pimienta” a los títulos, fue Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro). El resto de la historia –la conversión de la película en un título de culto casi inmediato, su condición de rampa de lanzamiento para la meteórica carrera de su directo- entra dentro de la leyenda.

Braindead se adscribe sin ambages en un género tantas veces denostado como el gore, y no sólo lo hace sin disimulo alguno, orgullosa de serlo, sino que pareció llevar los excesos hemoglobínicos a un nuevo nivel nunca visto hasta entonces en una pantalla (y que no ha vuelto a verse desde entonces). Justa merecedora del premio a los mejores efectos especiales en el Festival de Sitges, Peter Jackson y su equipo decidió verter (literalmente) cubos y cubos de sangre falsa, con la que inundaba la pantalla tiñéndola de rojo, así como se tiñeron de tinta roja las valoraciones de la crítica más anquilosaba a la que los árboles -el gore desatado- no dejaban ver el bosque -los valores cinematográficos, que los tiene, y también en abundancia-. Con su holgado prepuesto (superior a los tres millones de dólares) Braindead supuso el punto álgido (industrial y creativo) de un género, el gore, que daba sus primeros y renqueantes pasos de la mano de verdaderos feriantes, con tan pocos escrúpulos como escasas ambiciones artísticas, como son los estadounidenses Dwain Esper o H.G. Lewis. Peter Jackson logra que el mensaje de su película vaya más allá de la exhibición de la mera mutilación (por la mera mutilación), de la que hablaba el crítico John McCarty la referirse al gore, y no deje títere con cabeza en su diatriba a un sociedad neocelandesa represora, arremetiendo sin piedad contra educadores, padres, clero y educadores. Sin embargo, los principales argumentos de esta película sin igual, proceden de su solvencia a nivel técnico y estético: el ritmo endiablado de sus imágenes impreso por Jackson desde el minuto cero, los vertiginosos movimientos de cámara, los medidos encuadres, la cuidada planificación…. Un must, por consiguiente, y no únicamente para los amantes acérrimos del cine gore.
Datos Cultmaniáticos:
- La actriz española Diana Peñalver protagonizó la película. Este hecho le llevó a ser invitada a festivales especializados españoles y ser conocida entre los aficionados, a pesar de no prodigarse como actriz.
- Su recorrido por festivales (Fantasporto, Sundance, Sitges) le permitió ser conocida por muchos cinéfilos y el ser estrenada en un buen número de países.
- Elegida por la revista Time como una de las 25 mejores películas de terror de la historia, ha ido ganando reputación entre los aficionados al fantástico, y no solamente entre los fanáticos del cine gore.