El Festival de Cine Fantástico de Sitges consolida año tras año su privilegiada posición de liderazgo dentro del panorama de festivales especializados en cine fantástico, sin que parezca que exista algún candidato, en ningún rincón de este planeta, capaz de disputársela. Es para el aficionado catalán -tanto del cine fantástico en general, como de corrientes más específicas el terror de culto- una gran suerte el vivir a escasos quilómetros de la capital mundial del fantástico…al menos durante la semana y pico que dura el festival. Sin embargo, el certamen no está exento de algunas máculas, y las pegas que le achacaba en la edición del año pasado, siguen para mi plenamente vigentes. Y es que, para decepción del aficionado al cine de terror de culto, pocos clásicos del género han podido verse en pantalla grande (otra cosa es Brigadoon y su audaz programación “deuvedera”), en una edición que vuelve a dar la espalda al pasado en beneficio de un presente no excesivamente radiante representado por una apabullante selección que sobrepasa ampliamente el centenar de estrenos. Dos secciones “paralelas” han podido atraer la atención del cine más limítrofe y transgresor, con madera de cine de culto: Midnight X-Treme centrado en el cine de terror más gamberro y Noves Visions, dedicado a propuestas independientes. Aprovecho el especial que he redactado para Judex Fanzine sobre ésta última, para incluir el texto eliminando aquellas partes que aluden a películas ajenas a la temática del blog.
Dos modestas producciones independientes estadounidenses -Leashed de Marco Weber y Midnight Son de Scott Leberecht- supusieron dos decepciones mayúsculas. La primera bordea peligrosamente en sus primeros compases las temibles convenciones del melodrama adolescente “de alto standing” al más puro estilo Melrose Place: unos jóvenes acomodados californianos verán alterada su plácida existencia el día que una aspirante a femme fatale -de risibles ínfulas pijo-siniestras, admira a Charles Manson como si de una estrella del pop se tratara- irrumpa en sus vidas. A medida que avanza, el relato adquiere un vergonzante tono entre aleccionador y misógino (el consumo de drogas ilegales siempre antecede/provoca las fechorías de los chavales inducidas por la “pérfida” vampiresa), desembocando en un desenlace que se presume surrealista, pero que es simplemente incongruente. Por su parte, Midnight Son trata de seguir el sendero abierto por George Romero en Martin al proponer un giro realista al manido tema del vampirismo, contemplado en el guión como una enfermedad infecciosa. Como sucede en Leashed, la molesta vocación moralista tan propiamente estadounidense malogra las posibilidades de la cinta -se establece un mentecato paralelismo entre la degradación física y moral producida por la enfermedad vampírica y el consumo de drogas-, rematada por un final en exceso fantasioso que contradice abiertamente sus aspiraciones realistas iniciales. En su primera incursión en el cine de producción estadounidense, titulada lacónicamente Vampire, el talentoso cineasta japonés Shunji Iwai (Love Letter, All about Lily Chou-Chou) parte de una premisa similar a la de Midnight Son. Aquí el protagonista es también un vampiro de naturaleza nada sobrenatural: adicto a la hemoglobina, extrae sin violencia la sangre de jóvenes que han decidido acabar con sus vidas y que voluntariamente le entregan todo su líquido vital. Los resultados son, sin embargo, indudablemente muy superiores. Vampire está atravesada de parte a parte por un arrebatador aliento poético que cristaliza en momentos memorables (la madre del protagonista descendiendo desde el cielo suspendida por unos globos de helio; todas las operaciones de extracción de sangre…) y confirma a Shunji Iwai como el gran cronista contemporáneo del angst adolescente y juvenil.

De Canadá provienen Beyond the Black Rainbow y Hellacious Acres: The case of John Glass de Panos Cosmatos y Pat Tremblay respectivamente, que en la línea de Shane Carruth (Primer) o Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) han facturado dos películas de ciencia ficción que hacen de la necesidad virtud, paliando con creces sus ínfimos presupuestos mediante toneladas de inventiva e imaginación. La primera se diría un cruce imposible entre una película de Andrey Tarkovski y la estética de Tron, sumergida en una atmósfera enajenada que, más que onírica, sólo puede ser definida como lisérgica. En ella irrumpe la pura abstracción audiovisual en una escena que representa un viaje de ácido (un trip, dentro del trip que es el film), y resulta, a la postre, tan fascinante como desafiante…salvo en un tramo final que es mejor olvidar, y que hace virar incomprensiblemente el buen rumbo del relato hacia el slasher más vulgar. Igualmente anómala, pero mucho más descocada, Hellacious Acres… es una marcianada irresistible cuyas mayores virtudes radican en no tomarse nunca en serio a sí misma, y hacer gala de un bizarre sentido del humor (resulta impagable ver la forma en la que el protagonista debe comer y defecar a través de un mismo tubo adosado a su traje). Enmarcada en inhóspitos paisajes rurales y forestales (los acres “acojonantes” del título) poblados por granjas y establos ruinosos y aislados, la película adquiere la insólita fisonomía de un American Gothic (retro)futurista y (post)apocalíptico. Ideal para ser visionada a (altas) horas de la madrugada y, a ser posible, acompañada de algún psicotrópico suave.
La belga Bullhead de Michael R. Roskam daba el pistoletazo de salida a la sección el mismo día que todos los focos de atención estaban dirigidos hacia las sesiones del auditorio donde se proyectaban títulos de más relumbrón como Eva o Contagion, por lo que no resulta de extrañar que, eclipsada, pocos repararan en ella. Una verdadera injusticia, ya que se trata de un thriller sin fisuras, de impecable construcción dramática, y que propone una original variante agraria a los retratos de los ambientes mafiosos tan frecuentes en el cine policiaco. El protagonista es un pobre diablo atrapado por las redes de una organización criminal dedicada al tráfico de sustancias ilegales destinadas a incrementar la producción cárnica de reses, y prisionero asimismo de sus propios demonios a los que desafía. Los cielos perennemente plomizos y los terrenos fangosos de la región de Flandes donde se desarrolla la historia, son una fiel proyección externa de su lúgubre alma. Una película con una admirable coherencia entre forma y contenido, que viene a certificar el excelente estado de salud del cine de género procedente de Bélgica. De su vecina Holanda nos llegó otra película en la que la carne, aunque contemplada desde un enfoque muy diferente, más metafórico, juega también un papel primordial ya desde su mismo título, Meat. El protagonista es en esta ocasión un orondo carnicero al que su obsesión con los placeres de la carne -tanto los que le proporciona la carne de animales, como los que obtiene de sus amantes ocasionales- le conducirá a una situación límite. La película juega a fondo la carta de la sordidez moral y física del carnicero, así como de los ambientes en los que se mueve, que lindan con lo nauseabundo (especialmente si se es vegetariano), y se guarda para el final un as en la manga en forma de epílogo sobrecogedor. No obstante, a los seguidores del cine de Gaspar Noé no se les escapará el parecido, más que razonable, con las películas en las que Philippe Nahon interpretó al inolvidable “boucher” (Carne, Seul contre tous), y con las que esta cinta, sin ser desdeñable, palidece por comparación.
Kill me please de Olias Barco es un film cuyo tono y cualidades plásticas evocan a los de una película que causó un gran impacto y una cierta controversia en la edición de 1992 de este mismo festival de Sitges. Nos referimos a la magnífica Ocurrió cerca de su casa, también belga y con el mismo intérprete protagonista, Benoît Poelvoorde. Si en aquella ocasión la película fue recompensada con algunos de los principales premios del festival, en la presente edición el jurado de Noves Visions – Dark Ficcion, con todo merecimiento, ha concedido el premio de la sección a esta comedia negra como el carbón. Audaz al tratar la eutanasia, la obra de Olias Barco se desplaza con la destreza de una funambulista por la cuerda floja que implica tan escabroso tema, balanceándose, sin desequilibrarse, entre la sobriedad (fotografía en blanco y negro, ritmo sostenido…) y el absurdo (ciertos pasajes casi surrealistas), entre la razón y el delirio, el drama y el humor. El belga Koen Morier se enfrenta en 22nd may a una temática no menos peliaguda -las consecuencias psicológicas del terrorismo- con una brillantez conceptual y formal deslumbrante. Morier se vale de una narrativa iterativa en línea con el tormento del desdichado protagonista, un guardia de seguridad de un centro comercial que sobrevive a un atentado con bomba, condenado a revivir una y otra vez la traumatizante experiencia en una especie de purgatorio pagano, asolado por la culpa y el dolor. Durante el proceso el guardia se adentrará en estados de conciencia (e inconsciencia) cada vez más profundos en los que tratará en vano de buscar una respuesta a un acto que, de tan atroz e injustificado, quizás carezca de cualquier explicación posible. Esta búsqueda infructuosa, casi quimérica, conlleva que la película, tan impecable como implacable, plantee muchos interrogantes pero no ofrezca ninguna respuesta inequívoca.

Recientemente la productora francesa Flach Film se ha encargado de auspiciar una serie de largometrajes dirigidos al medio televisivo, que adaptan cuentos infantiles tradicionales reorientándolos hacia un público adulto. La responsabilidad de llevarlos a término ha recaído en cineastas mujeres que, al pasar los relatos a través de su tamiz personal, han introducido una cierta impronta femenina/feminista. En la sección Noves Visions han podido verse dos de estas producciones: La belle endormie (La bella durmiente) de Catherine Breillat y Le petit pucet (Pulgarcito) de Marina de Van. En ambos casos cabe apreciar una detallista labor de dirección artística y ciertos apuntes psicoanalíticos que tienen su enjundia, pero un ritmo excesivamente moroso (que en televisión se convertirá en el mejor acicate para el zapping) y una realización plana acaban convirtiendo ambos films en bellas ilustraciones de cuentos para niños, tan estéticas como estáticas.
Christoffer Boe –asiduo al festival- presentó una memez cargada de ínfulas autoriales, con la que el cineasta danés vuelve a fustigarnos con su autocomplacencia y pedantería ilimitadas. Su título: Beast. No mucho mejor –incluso, si cabe, peor- la película The island de Kamen Kalev, versa sobre un joven que padece un trastorno de personalidad múltiple, y su pareja, que le padece a él. La enfermedad, lejos de atormentarle, le llevará a triunfar en el programa de televisión Gran Hermano -adoptando sin dificultades la personalidad de un “freaky” (sic)- e incluso a convertirse, así de repente, en ciclista profesional (¡sic!). El mayor inconveniente es que la propia película parece contagiarse del trastorno del protagonista, y lo que empieza como un drama sobre una pareja en crisis, deriva súbitamente hacia el thriller y, posteriormente, se desvía hacia la comedia absurda, todo ello sin solución de continuidad y ante el estupor del espectador.
Dos de las más gratas sorpresas proporcionadas por Noves Visions adoptan una mirada netamente metacinematográfica, aunque dirigidas a un lado y otro de ese telón separador de creadores y espectadores que es la pantalla de cine: Dernière scène de Laurent Achard se enfoca en la audiencia, mientras que Krokodyle de Stefano Bessoni en los creadores. En la primera somos testigos de las fechorías homicidas cometidas por el encargado de una pequeña sala de cine especializada en proyectar películas clásicas. El inminente cierre del local, que ha dejado de ser rentable, precipitará la caída del protagonista hacia los abismos de la locura. El francés Laurent Achard confecciona una melancólica elegía dedicada a la lenta agonía de la cinefilia de cine clubs, así como una lúcida reflexión sobre los efectos alienantes (y casi necrofílicos) de la pasión cinematográfica compulsiva, disfrazadas de gélido retrato de un asesino en serie.

Por su parte, la italiana Krokodyle es concebida por su director, Stefano Bessoni, como un ejercicio de autoanálisis en el que reafirmarse como creador tras la ingrata experiencia que supuso el rodaje de Imago Mortis, en el que sufrió todo tipo de imposiciones e injerencias. Vista la película, podría incluso hablarse de un ajuste de cuentas con una industria cinematográfica que coarta la libertad de los cineastas y cercena sus sueños: uno de los personajes llega a suicidarse tras verse imposibilitado a rodar su segundo largometraje, debido a que ningún productor le da una nueva oportunidad. El protagonista -alter ego del director-, tras la muerte de su amigo, se refugia en un universo de creación pura habitado por sus extrañas criaturas -animadas con stop motion-. Un universo que empezará a engullir cual agujero negro todo su entorno, hasta tornarlo incapaz de distinguir entre realidad y fantasía. Mucho más luminosa que Dernière scène, optimista a pesar de todo, Krokodyle constituye en definitiva una conmovedora oda al cine que invita a la esperanza. De hecho, su mera existencia es la prueba de que, pese a las dificultades crecientes, todavía hay cineastas que pueden sacar adelante películas personales, fieles plasmaciones de un mundo creativo, que en el caso de Stefano Bessoni se percibe fascinante.
Los recortes presupuestarios en partidas de subvenciones para la producción cinematográfica -pero también los recortes en los presupuestos necesarios para hacer películas en la era de la tecnología digital- han hecho proliferar los cineastas españoles que se lían la manta a la cabeza y emprenden su sueño de dirigir largometrajes recurriendo -en estos tiempos aciagos en los que se diría que vivimos una Tercera Guerra Mundial devastadora- a métodos de producción casi de “guerrilla”.
Dentro de la sección Noves Visions del festival se han proyectado algunos de estos osados largometrajes, constituyéndose incluso un nuevo apartado denominado N.V. Especials para acoger las premieres de algunos de ellos. Luís Mirraño -para algunos la piedra angular del cine nacional más arriesgado y vanguardista del momento- es el productor de una de estas películas, que lleva por título Amanecidos y ha sido dirigida por Yonay Boix y Pol Aregall. Nos fue imposible visionar el film, pero causó buenas impresiones en la crítica. Otra película catalana presentada en sesión especial, Open 24h de Carles Torres, es una valiente y estimable producción underground que retrata con apropiada crudeza y sequedad formal el tedio, el hastío y la insatisfacción constante a los que se ve sometido un guardia de seguridad que acabará impelido a vivir su particular catarsis violenta. Los solitarios parajes industriales por los que pasea su frustración, y la excelente fotografía en un contrastado blanco y negro, hacen pensar en una versión realista de Cabeza Borradora de David Lynch, con un componente de crítica social digno del mejor Ken Loach. Pero la cinta más sorprendente y destacable de este bloque de películas españolas independientes fue, sin duda, la estimable Diamond Flash, incluida en N.V. Discovery. Para su puesta de largo el director y guionista Carlos Vermut concatena dilatadas escenas sustentadas por diálogos precisos, muy afilados y un punto esperpénticos, con las que vertebra un entramado argumental intrincado, casi laberíntico -en él confluyen infinidad de líneas narrativas perfectamente engarzadas-, capaz de atrapar y subyugar a todo espectador dispuesto a dejarse llevar por su arrolladora fluidez narrativa. Nos congratulamos por el afortunado debut de Carlos Vermut y concluimos el artículo con un video que recoge algunos momentos del postscreeng de su película en el festival.